Hace frío, mucho frío, todo está nevado,
calles bañadas de blanco inundan la ciudad, como las lágrimas inundan el
rostro de Bill, brotando de sus enrojecidos ojos azules, humedeciéndole los
labios, haciendo así que mechones de su oscura y ondulada cabellera queden
pegados en ellos.
Alboroto, sirenas, gritos y demás jaleos se
oyen alrededor. Se ven luces de colores parpadeantes por todas partes, gente
corriendo de un lado a otro, desesperada. Pero él no. Bill tan sólo ve su casa
envuelta en llamas. Sólo eso. Nada más. Bill sabe que dentro están sus padres,
Elizabeth y Mathew. También sabe que no los volverá a ver.
Tras una segunda explosión, el pequeño
edificio se derrumba por completo y, a varios metros de la casa, Bill cae de
rodillas a tierra, rendido ante tanto dolor, tanta pena. Ante tanto horror.
Pocos
segundos después, Bill siente cómo alguien estira de su brazo y le agarra con
los suyos, mientras grita:
-
¡Aléjate, chico!
Quien
lo dijo, fuera quien fuese, tenía una voz potente, grave, masculina sin duda.
Los
brazos que lo sujetaban eran muy fuertes, y pertenecían al mismo bombero que le
había hablado hacía un instante.
-
Quédate aquí, en seguida te atenderán. - dijo el hombre, soltando a Bill al
lado de una ambulancia. Después echó a correr en dirección a los escombros incendiados que pertenecían a lo que antes era la casa en la que el pequeño Bill vivía con sus padres.
- ¿Te
encuentras bien, pequeño? - recitó una suave y dulce voz femenina. En ese
momento, Bill se giró, buscando la procedencia de esa voz, hasta que cruzaron
sus miradas. La joven enfermera se acercó a aquél desolado chiquillo y se
agachó ante él. Bill rompió a llorar, desconsolado, y se echó en brazos de
aquella figura desconocida.
Tras
largo tiempo así, Bill separó su cabeza del hombro de la enfermera y, mirándola
a los ojos, le dijo:
- No
volveré a verles nunca más, ¿verdad?
Tras unos dolorosos segundos de silencio, la
enfermera consiguió sacar fuerzas de sus adentros para contestarle:
- No...
Bill
volvió a agarrarle, esta vez con más fuerza, mientras lloraba sin consuelo
alguno. Horas después, vencido por el cansancio, se durmió.
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